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Siete años atrás, el jefe de cierto gigante tecnológico muy famoso en el mundo solía hablar a menudo de una computadora tablet con pantalla táctil cuyo desarrollo impulsaba. Según él, este proyecto iba a cambiar la computación para millones de personas.
El hombre era Bill Gates, y el producto era la Tablet PC, un dispositivo que, aunque todavía está a la venta, cayó en el limbo reservado para los chiches electrónicos frustrados. Cuando el mes pasado Steve Jobs, de Apple, terminó con meses de febriles especulaciones lanzando su propia tablet, llamada iPad, fue difícil no recordar el antecedente.
Ahora Gates ha abandonado el escenario de los negocios para dedicarse a la filantropía. En cambio Jobs, que el año pasado se tomó una licencia de seis meses para luchar contra un cáncer que casi le cuesta la vida y sufrió un transplante de hígado, ha vuelto a su actividad habitual, que es rociar con su polvo de estrellas especial trozos inanimados de metal y vidrio para convertirlos en objetos de deseo de la era digital.
Las tablets (que son más grandes que un teléfono inteligente pero más chicas que una laptop, y no tienen teclado) han sido un fracaso en el área de la computación personal. Si a sus 54 años Jobs logra tener éxito con el iPad, abrirá una nueva fase en su carrera.
Para Jean-Louis Gassée, un alto ejecutivo del área de desarrollo de Apple en la década de los 80 que fundó una compañía rival llamada Be Inc., “el producto refleja la atención a los detalles y la búsqueda de un enfoque minimalista, opuesto a la acumulación de aplicaciones, que son propias de Steve”.
Detrás de las líneas simples del iPad está el dominio tecnológico, el talento estético y el conocimiento de marketing que desde hace mucho han hecho del CEO de Apple un ejecutivo que sobresale entre los demás. Su perfeccionismo, que raya con la obsesión, queda en evidencia en una anécdota reveladora contada por John Lasseter, uno de los principales cerebros creativos detrás del negocio de animación de Walt Disney, que es un viejo amigo de Jobs: “Una vez encontró una polera negra realmente magnífica que le encantaba –creo que era de Issey Miyaki– y trató de comprar otra, pero no había más a la venta. Así que Steve llamó a la compañía y les preguntó si podían hacerle una. Cuando se negaron, les dijo: “Bueno, ¿cuántas tienen que hacer antes de que pueda comprarlas?’. Y se las hicieron. Creo que tiene un placard lleno de estas poleras”.
Cualquiera que haya trabajado para él sabe que ese perfeccionismo tiene un costado negativo: una hiriente falta de paciencia que puede aproximarse al mal trato. Varios ex empleados y socios a los que se les preguntó sobre su estilo gerencial declinaron hacer comentarios para este artículo. El temor que Jobs inspira es todavía poderoso, dijo una de estas personas.
Alguien que se acobarda menos frente a él es Steve Wozniak, cofundador de Apple. “Steve puede irritar a la gente, y puede resultar odioso. Es capaz de entrar a una reunión y decirle simplemente a la gente que se olviden del proyecto, que todo es una basura. También puede decirles que son todos idiotas”, le dijo Wozniak al Financial Times en una entrevista reciente.
Los críticos más duros de Job lo acusan de ser demasiado reservado. Estas acusaciones lo persiguieron hace tres años, cuando Apple responsabilizó a dos altos ejecutivos por un escándalo sobre la emisión inapropiada de opciones sobre acciones, aunque Apple tardíamente reveló que Jobs estaba enterado y había recibido algunas de esas opciones. Jobs fue luego liberado de culpa tras una revisión del caso realizada por los reguladores.
Por supuesto, nadie dijo nunca que fuera fácil trabajar con los genios, y “genio” es una palabra que la gente que ha trabajado a su lado durante mucho tiempo, como Lasseter, usa a menudo para referirse a él. Larry Ellison, el multimillonario que está al frente de la compañía de software Oracle y es amigo de Jobs, resumió su talento diciendo que “tiene la mente de un ingeniero y el corazón de un artista”.
Esta combinación es clave para su éxito. En una época estudió caligrafía y ha dicho que esto influenció la primera Macintosh, a la que él llama “la primera computadora con una bella tipografía”. Además, es evidente en sus hits animados por computadora en Pixar, una empresa que Jobs financió antes de que fuera vendida a Disney en 2006, y en el triunfo del iPod, el primer dispositivo digital mediático que no daba la sensación de estar armada por ingenieros con manos torpes.
Sin embargo, su carrera también ha sido definida por una poco frecuente claridad de propósito. Cuando volvió a Apple en 1997, 12 años después de ser expulsado tras perder una lucha por el poder, tuvo que dejar de lado los años de amargura. Según Lasseter, lo único que le dijo fue que “la razón por la que volví a Apple es que siento que el mundo será mejor con Apple que sin ella”.
En un discurso notable que dio en la Universidad Stanford en 2005, en el que dejó al desnudo algunos de los momentos más sensibles de su vida –cuando su madre, que era soltera, lo dio en adopción; cuando lo echaron de Apple; cuando en 2004 sus médicos pensaban que se estaba muriendo de cáncer– brindó un testimonio elocuente de qué es lo que lo moviliza. “Recordar que pronto voy a estar muerto es la herramienta más importante que haya conocido nunca para ayudarme a tomar las grandes decisiones en la vida porque casi todo; todas las expectativas externas, todo el orgullo, todo el temor a la vergüenza o al fracaso, todas esas cosas simplemente desaparecen ante la muerte y dejan sólo lo que es realmente importante”, dijo Jobs en esa ocasión.
Declaraciones públicas de este tipo han reforzado la sensación de que el enfant terrible del mundo tecnológico ha madurado, o bien ve las cosas a una luz diferente. Por otra parte, las ceremonias de las religiones orientales lo han acompañado durante gran parte de su vida, desde el templo Hare Krishna donde dice que comía todos los días mientras asistía ilícitamente a clases en el Reed College –tras abandonar los estudios después de seis meses de clase debido al alto costo de las cuotas– al monje budista que celebró su ceremonia de casamiento, en 1991.
El iPhone, que fue el lanzamiento anterior encarado por Jobs, ya da cuenta de más de un tercio de la facturación del grupo y ayudó a duplicar el precio de las acciones de Apple en el término de un año. Hasta ahora el iPad no ha logrado una repercusión similar, y es posible que Jobs fracase con este producto como le ocurrió antes a Gates, sin embargo, si uno puede guiarse por los antecedentes, es posible que pronto a los consumidores les resulte difícil vivir sin sus iPads.